Sólo cuando se ha paseado
por las orillas del propio infierno
y se ha intimado con las miserias personales,
se alcanza a contemplar,
con serena condescencia,
las culpas de los demás.
Descender, pues, al averno,
al menos una vez en la vida,
como garantía de generosidad
y de perspectiva.
Y retornar,
sino a algún paraíso,
al menos a la realidad,
para levantar hogueras que prendan con la vida
y se puedan extinguir con el fuego de una lágrima.
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